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Ismael Escorcia, el primer descabezado del Carnaval

El disfraz desfiló por primera vez en Barranquilla en 1954.

12 de febrero de 2024 Por: Jennyfer Solano Betancourt

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Vanexa Romero 

En 1954, un hombre llevaba su cabeza en la mano izquierda y, en la derecha, un machete. Recorrió por primera vez el Carnaval de Barranquilla, moviendo el brazo como si intentara decapitar a más personas. Se vestía de traje y su cuello derramaba sangre.

La escena era violenta, pero la gente se reía. Ismael Escorcia Medina, oriundo del municipio de Calamar (Bolívar), irrumpía las calles de Barranquilla para ser el primer descabezado del Carnaval.

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Por muchos años, en la sala de su casa estuvo colgada una impresión ampliada del antiguo billete de mil pesos, en el que salía Jorge Eliécer Gaitan, el líder liberal que fue asesinado el 9 de abril.

“Recuerda que tenía entonces 18 años y que le afectó tremendamente porque provenía de una familia liberal. Este hecho histórico marcó el inicio del período conocido como La Violencia, que se desarrolló entre 1946 y 1957”, explica Jairo Soto Molinas en su artículo ‘Comunicación del poder político en Foucault dentro del escenario antropológico del carnaval’.

La guerra bipartidista entre conservadores y liberales desplazó a su familia. “¿Sí ve ese cuadro? a esa edad me trajo mi difunta madre”, señaló Ismael apuntando a una pared en la que colgaban los trofeos, cabezas, machetes, la Virgen María, un carnet de la Alianza Nacional Popular (ANAPO), un cristo y muchas fotografías.

Hoy la casa está transformada y en proceso de remodelación para hacer un museo dedicado a su obra maestra.

De fábula a realidad

Tras 44 años de hegemonía conservadora, en 1930 ganó las elecciones presidenciales de Colombia el primer liberal. Justamente, en ese año nació Ismael. Su nacimiento, además, lo predestinó para una fiesta y tradición en la que ha invertido gran parte de sus 94 años de edad. Nació el 17 de febrero, un lunes de Carnaval.

De su infancia recuerda el miedo que sentía por las fábulas como la Llorona Loca. “Si no te tomas la sopa te alcanzará El burro sin cabeza”, le decían cuando era un niño.

Cercano a los 20 años, empezó a viajar constantemente entre los departamentos de Bolívar y Atlántico. “Ya no me metían miedo los descabezados, porque los estaba viendo en el río Magdalena”, expresó.

Soto contextualiza que, durante el periodo de La Violencia, llegaban cadáveres flotando por el río Magdalena, algunos sin cabeza, otros desmembrados.

“Escorcia Medina decidió crear algo que pudiera ser un testimonio continuo de esa época y se le ocurrió la idea de crear un disfraz con un hombre sin cabeza al que llamó El Descabezado”, concluye el docente.

No en vano, el creador de este disfraz decidió poner a desfilar a decapitados. Para él, a hombres como Gaitán (y muchos más de la historia colombiana) los mataron por lo que tenían en la cabeza: sus ideas.

“Este disfraz es un recorderis para la juventud, para que se den cuenta cómo se mataban, es una chispita de protesta que con machete y una cabeza en mano está gritando: esto no se debe hacer. ¿Quién tiene el derecho de quitarle la vida a otro?”, cuestionó Escorcia adoptando, con sus extremidades y una voz fuerte, la fuerza del caudillo, a quien este disfraz le rinde homenaje.

Una pasión generacional

Son cuatro las generaciones que han mantenido viva esta tradición que se toma las calles barranquilleras en distintos eventos y desfiles. Wilfrido Daniel Escorcia Salas representa esa segunda generación de descabezados. También están presente su hijo, Wilfrido Escorcia Camargo y sus nietos, Wilfrido, Rafael, María Fernanda e Ismael.

“Para nosotros ‘El Descabezado’ es la vivencia de nuestro padre, Ismael Escorcia, el primer descabezado del Carnaval, al que de niño le tocó vivir en carne propia la violencia de los pueblos ribereños”, resalta Wilfrido Daniel.

No es sólo una tradición que se replica en casa. En varias oportunidades, mientras Ismael Escorcia estaba sentado dibujando bocetos, pintando cabezas o construyendo armazones, los niños de su barrio se sentaban al lado como discípulos.

La transmisión de una generación a otra es fundamental para una fiesta que fue declarada, por la Unesco, Patrimonio Cultural e Inmaterial hace 20 años.

Por 69 años, los machetes han bailado al son de la fiesta, esperando que un día se deje de derramar sangre en un país en el que aún persiste la violencia.

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